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 Sociología - Michel Foucault (1975) Vigilar y Castigar - Resumen - Página 8 de 10

 

VIGILAR Y CASTIGAR

Michel Foucault

II. LOS MEDIOS DEL BUEN ENCAUZAMIENTO

El poder disciplinario tiene como función principal “enderezar conductas”. No encadena las fuerzas para reducirlas; lo hace para multiplicarlas y usarlas. Lleva sus procedimientos de descomposición hasta las singularidades. “Encauza” las multitudes móviles, confusas, inútiles de cuerpos y de fuerzas en una multiplicidad de elementos individuales –pequeñas células separadas, autonomías orgánicas, identidades y continuidades genéticas, segmentos combinatorios. La disciplina “fabrica” individuos como objetos y como instrumentos de su ejercicio. No es un poder triunfante, es un poder modesto que funciona según el modelo de una economía calculada y permanente.

 

Procedimientos menores, si se comparan con los rituales majestuosos de la soberanía o con los grandes aparatos del Estado. Y son ellos los que van a invadir poco a poco esas formas mayores, a modificar sus mecanismos y a imponer sus procedimientos. El éxito del poder disciplinario se debe al uso de instrumentos simples: la inspección jerárquica, la sanción normalizadora y su combinación en un procedimiento específico: el examen.

LA VIGILANCIA JERÁRQUICA

El ejercicio de la disciplina supone un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos de poder y donde, de rechazo, los medios de coerción hacen visibles aquellos sobre quienes se aplican. En el transcurso de la época clásica, vemos construirse esos “observatorios” de la multiplicidad humana. Al lado de la gran tecnología de los anteojos, de las lentes, ha habido las pequeñas técnicas de las vigilancias múltiples, miradas ven sin ser vistas.

Estos observatorios tienen un modelo casi ideal: el campamento militar, como ciudad apresurada y artificial. El viejo y tradicional plano cuadrado ha sido afinado de acuerdo con innumerables esquemas. Se dibuja la red de las miradas que se controlan unas a otras. El campamento es el diagrama de un poder que actúa por el efecto de una visibilidad general. Durante mucho tiempo se encontrará en el urbanismo, en la construcción de ciudades obreras, de hospitales, de asilos, de prisiones, este modelo del campamento o al menos el principio subyacente: el encaje espacial de las vigilancias jerarquizadas.

Una arquitectura que ya no está hecha simplemente para ser vista, sino para permitir un control interior, articulado y detallado. El viejo esquema simple del encierro y de la clausura –del muro grueso, de la puerta sólida– comienza a ser sustituido por el cálculo de las aberturas, de los pasos y de las trasparencias. Así se organiza poco a poco el hospital-edificio como instrumento de acción médica: debe permitir observar bien a los enfermos, debe impedir los contagios. El hospital ya no simplemente como lugar para la miseria y la muerte cercana, sino como operador terapéutico. Igualmente la escuela-edificio debe ser un operador de encauzamiento de la conducta (ej. de la escuela militar). Las instituciones disciplinarias han secretado una maquinaria de control que ha funcionado como un microscopio de la conducta; las divisiones tenues y analíticas que han realizado han llegado a formar un aparato de observación, de registro y de encauzamiento de la conducta.

 

 
 

El aparato disciplinario perfecto permitiría a una sola mirada verlo todo permanentemente: ojo al cual nada se sustrae y centro hacia el cual están vueltas todas las miradas.

Necesita descomponer sus instancias, pero para aumentar su función productora. Especificar la vigilancia y hacerla funcional. Es el problema de los grandes talleres y fábricas, donde se organiza un nuevo tipo de vigilancia, diferente del que en los regímenes de las manufacturas realizaban desde el exterior los inspectores. Se trata ahora de un control intenso, continuo, a lo largo de todo el proceso de trabajo; no recae solamente sobre la producción, sino que toma en cuenta la actividad de los hombres, distinta del control doméstico del amo, ya que se efectúa por empleados, vigilantes, contralores y contramaestres. A medida que aumentan el número de obreros y la división del trabajo, las tareas de control se hacen más necesarias y más difíciles. Vigilar pasa a ser una función definida, integrante del proceso de producción. Se hace indispensable un personal especializado, constantemente presente y distintos de los obreros La vigilancia pasa a ser un operador económico decisivo, a la vez una pieza interna en el aparato de producción y un engranaje del poder disciplinario.

El mismo movimiento en la organización de la enseñanza elemental: especificación de la vigilancia. Se da por ej. el esbozo de una institución de tipo “de enseñanza mutua”, donde están integrados en el interior de un dispositivo único tres procedimientos: la enseñanza propiamente dicha, la adquisición de conocimientos por la actividad pedagógica, y una observación recíproca y jerarquizada. Encontramos en el corazón de la práctica de enseñanza una relación de vigilancia como mecanismo inherente que multiplica su eficacia.

 
   

La vigilancia jerarquizada, continua y funcional, no es una de las grandes “invenciones” técnicas del S XVIII, pero su extensión debe su importancia a las nuevas mecánicas de poder que lleva consigo. El poder disciplinario, gracias a ella, se convierte en un sistema “integrado” vinculado del interior a la economía y a los fines del dispositivo en que se ejerce. Se organiza también como poder múltiple, automático y anónimo; su funcionamiento es el de un sistema de relaciones de arriba abajo, pero también de abajo arriba y lateralmente (en redes): vigilantes perpetuamente vigilados. El poder en la vigilancia jerarquizada de las disciplinas  no se transfiere como una propiedad; funciona  como una maquinaria. La organización piramidal le da un “jefe”, pero es el aparato entero el que produce “poder” y distribuye los individuos en ese campo continuo. Lo cual permite al poder disciplinario ser indiscreto, siempre alerta, no dejando ninguna zona de sombra y controlando a aquellos mismos que están encargados de controlarlo; y discreto ya que funciona en silencio. Gracias a las técnicas de vigilancia, la “física” del poder, el dominio sobre el cuerpo se efectúan de acuerdo con las leyes de la óptica y de la mecánica, con todo un juego de espacios, líneas, pantallas, y sin recurrir, en principio al menos, a la violencia.

SANCIÓN NORMALIZADORA

  1. En el centro de todo sistema disciplinario funciona un pequeño mecanismo penal. Las disciplinas establecen una “infra-penalidad”; reticulan un espacio que las leyes dejan vacío al reprimir conductas que su relativa indiferencia hacía sustraerse a los grandes sistemas de castigo. En el taller, en la escuela, en el ejército, reina una verdadera micropenalidad del tiempo (retrasos, ausencias, interrupciones de tareas), de la actividad (falta de atención, descuido), de la manera de ser (descortesía, desobediencia), de la palabra (charla, insolencia), del cuerpo (actitudes “incorrectas”, gestos impertinentes, suciedad), de la sexualidad (falta de recato, indecencia). Al mismo tiempo se utiliza, como castigos, una serie de procedimientos sutiles, que van desde el castigo físico leve, a privaciones menores y a pequeñas humillaciones. Se trata de hacer penables las fracciones más pequeñas de la conducta, que cada sujeto se encuentre prendido en una universalidad castigable-castigante.

  2. Pero la disciplina lleva consigo una manera específica de castigar, y que no es únicamente un modelo reducido del tribunal. Lo que compete a la penalidad disciplinaria es la inobservancia, todo lo que no se ajusta a la regla: el soldado comete una “falta” siempre que no alcanza el nivel requerido; la “falta” del alumno es una ineptitud para cumplir sus tareas.
    El orden que los castigos disciplinarios deben hacer respetar es de índole mixta: es un orden “artificial”, dispuesto por una ley, un reglamento, pero también definido por procesos naturales y observables: la duración de un aprendizaje, el tiempo de un ejercicio, que es también una regla. Los alumnos de las escuelas no son colocados ante una “lección” de la que no son todavía capaces.

  3. El castigo disciplinario tiene por función ser correctivo, reduciendo las desviaciones. Al lado de los castigos tomados directamente del modelo judicial (multas, látigo, calabozo), los sistemas disciplinarios dan privilegio a los castigos del orden del ejercicio –del aprendizaje intensificado, varias veces repetido. El castigo disciplinario es en buena parte isomorfo a la obligación misma; es menos la venganza de la ley ultrajada que su repetición. El efecto correctivo esperado pasa accesoriamente por la expiación y el arrepentimiento; se obtienen directamente por el mecanismo de un encauzamiento de la conducta. Castigar es ejercitar.

  4. El castigo disciplinario es un elemento de un sistema doble: gratificación-sanción. “El maestro debe evitar usar de castigos; por el contrario, debe tratar de hacer que las recompensas sean más frecuentes que las penas” (de un reglamento escolar de 1716). Este mecanismo de dos elementos permite cierto número de operaciones características de la penalidad disciplinaria. La calificación de las conductas y de las cualidades a partir de dos valores opuestos del bien y del mal; se tiene una distribución entre polo positivo y polo negativo; toda la conducta cae en el campo de las buenas y de las malas notas, de los buenos y de los malos puntos. Una contabilidad penal permite obtener el balance punitivo de cada cual. La “justicia” escolar ha llevado muy lejos este sistema. Y así los aparatos disciplinarios jerarquizan a las “buenas” y a las “malas” personas. La disciplina, al sancionar los actos con exactitud, calibra los individuos “en verdad”.

  5. La distribución según los rangos o los grados tiene un doble papel: señalar las desviaciones, jerarquizar las cualidades, competencias y aptitudes; pero también castigar y recompensar. La disciplina recompensa por los ascensos; castiga haciendo retroceder y degradando. El rango por sí mismo equivale a recompensa o castigo. Un ejemplo en una escuela militar muestra el doble efecto de esta penalidad jerarquizante: distribuir los alumnos de acuerdo con sus aptitudes y su conducta; someterlos todos al mismo modelo, para que estén obligados todos juntos a la docilidad.

En suma, el arte de castigar, en el régimen del poder disciplinario no tiende ni a la expiación ni a la represión.

Utiliza cinco operaciones distintas: referir los actos, los hechos extraordinarios, las conductas similares a un conjunto que es a la vez campo de comparación, espacio de diferenciación y principio de una regla que seguir. Diferenciar a los individuos en función de esta regla de conjunto. Medir en términos cuantitativos y jerarquizar en términos de valor las capacidades, el nivel, la “naturaleza” de los individuos. Hacer que juegue, a través de esta medida “valorizante”, la coacción de una conformidad que realizar. La penalidad perfecta que atraviesa todos los puntos, y controla todos los instantes de las instituciones disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, homogeniza, excluye. En una palabra, normaliza.

Se opone, por tanto, a una penalidad judicial, que tiene por función esencial la de referirse, no a fenómenos observables, sino a un corpus de leyes y de textos; no la de diferenciar a unos individuos, sino de especificar unos actos bajo cierto número de categorías generales; no la de jerarquizar sino la de hacer jugar pura y simplemente la oposición binaria de lo permitido y de lo prohibido; no la de homogenizar, sino la de operar la división de la condena. Los dispositivos disciplinarios han secretado una “penalidad de la norma”, irreductible a la penalidad tradicional de la ley. Las disciplinas han fabricado un nuevo funcionamiento punitivo, y es éste el que poco a poco ha revestido el gran aparato exterior que parecía reproducir modesta o irónicamente. El funcionamiento jurídico-antropológico que se revela en toda la historia de la penalidad moderna tiene su punto de formación en la técnica disciplinaria que ha hecho jugar esos nuevos mecanismos de sanción normalizadora.

Aparece el poder de la Norma, que desde el S XVIII se ha agregado a otros poderes obligándolos a nuevas delimitaciones, el de la Ley, el de la Palabra y del Texto, el de la Tradición. Lo Normal se establece como principio de coerción en la enseñanza con la instauración de una educación estandarizada y el establecimiento de las escuelas normales; en el esfuerzo por organizar un cuerpo médico y un encuadramiento hospitalario capaces de hacer funcionar unas normas generales de salubridad. Como la vigilancia, y con ella la normalización, se torna uno de los grandes instrumentos de poder al final de la época clásica. El poder de normalización obliga a la homogeneidad; pero individualiza al permitir las desviaciones, determinar los niveles, fijar las especialidades y hacer útiles las diferencias ajustando unas a otras. El poder de la norma en el interior de una homogeneidad que es la regla, introduce, como un imperativo útil y el resultado de una medida, las diferencias individuales.


 




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Palabras claves:
Michel Foucault, vigilar, castigar, suplicio, disciplina, panoptismo.

 
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