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 Cultura, género y prescripciones. Aportes de la psicología y el psicoanálisis

 
Las prescripciones de género

     

Las rígidas prescriptivas genéricas ocasionan que varones y mujeres vean recortadas sus vidas en lo corporal, la identidad, en el trabajo, en la sexualidad, en la educación, en la expresión. Así, la política sexista, además de cercenar potencialidades, genera situaciones paradojales: si bien las formulaciones en salud mental prescriben el uso pleno de las capacidades funcionales, una mujer debería acotar sus experiencias sexuales para no ser calificada como promiscua; o un hombre debería arriesgar su vida, para sostener el ideal heroico. De esta forma, la determinación genérica se opone a la salud. El concepto de género necesariamente implica una reformulación y complejización en dispositivos uni y multipersonales.
 

 

Las vicisitudes de la resolución sexual, las identificaciones pre y postedípicas y los intentos para diferenciarse de ellas ocurren en culturas con representaciones determinadas para delinear atribuciones de lo femenino y lo masculino. Esta sexuación de las habilidades y la división binaria de atributos produce subjetividades al precio de la alienación de sí mismo de aspectos denegados o delegados en el otro. Estas formas de vivir, también producen formas de padecer. Todo un capítulo en desarrollo es el de la psicopatología diferencial en relación al género y la revisión de las categorías diagnósticas y pronósticas habitualmente manejadas en salud mental. Y esto particularmente en un tiempo en que las caracterizaciones de lo femenino y lo masculino están expuestas a profunda revisión y modificación.

En íntima conexión con el concepto de género, el Psicoanálisis recogió la oposición masculinidad-feminidad para dar cuenta de su alta complejidad. Freud subrayó la diversidad de significaciones inherentes a los términos “masculino” y “femenino”: significación biológica, sociológica y psicosexual. Todo esto equivale a señalar que estas nociones son problemáticas y con cuánta prudencia deben ser consideradas.

 




 
 

El concepto de bisexualidad implica en todo ser humano una síntesis, más o menos armónica y mejor o peor aceptada, de rasgos masculinos y femeninos. En este sentido, desde el punto de vista del desarrollo del individuo, el psicoanálisis pone de manifiesto que la oposición masculino-femenino no existe desde un principio para el niño, sino que va precedida por fases en las que desempeñan una función preponderante las oposiciones activo-pasivo y, a continuación, fálico-castrado, siendo esto válido para ambos sexos.

La educación formal, en tanto “dispositivo subjetivador”, no es neutral en la transmisión / apropiación / resistencia de los discursos hegemónicos acerca de las relaciones entre feminidad y masculinidad. En este sentido, tampoco lo es en los procesos de construcción de los modos sexuados de estar en el mundo.

Decir que la escuela silencia la temática de la sexualidad es enfocar la cuestión de manera demasiado restrictiva: efectivamente, se “habla” poco y nada de las relaciones íntimas, del amor o del placer. Pero esto no implica que no se esté “diciendo” algo y, menos aún, que la cuestión del sexo permanezca ajena a las prácticas cotidianas (Morgade, 2001).

El análisis de las prácticas sexuales pone al descubierto el peso de una construcción biológico-moral dominante de la sexualidad –como heterosexualidad exclusivamente reproductiva–, que delimita la frontera entre la sexualidad “normal” y “anormal” e instituye prácticas como “naturales” y “no naturales” (Grimberg, 2001).

En el marco de las relaciones de poder que organizan las relaciones de género y su expresión en la sexualidad, la fuerza de un “deber ser como mujer” y de “un deber ser como varón”, instituidos en “comportamientos esperados” y “necesarios” para el desempeño de los roles, fortalece la iniciativa y el control de las relaciones sexuales en manos del varón, a la vez que limita la iniciativa y capacidad de negociación general de las mujeres. Estos estereotipos dificultan que las mujeres reconozcan su propio deseo, a la vez que legitiman prácticas coercitivas por parte del varón como aspecto “natural” del rol de la mujer. Estos estereotipos o modelos rígidos se transmiten de generación en generación, incorporándose desde los primeros años de vida, a través de actitudes, de decires, de vivencias.

Con frecuencia, cuando varones y mujeres salen de esos estereotipos y se proponen ocupar otros roles, realizar trabajos o actividades que generalmente realiza el sexo opuesto, son discriminados.

Durante mucho tiempo la mujer no pudo acceder a los mismos derechos y lugares de los hombres. Su espacio era exclusivamente el espacio del hogar, sus roles el de esposa y madre. Pero actualmente la mujer ha ido cobrando protagonismo en el mundo sociolaboral. Consideramos que su rol ya no puede entenderse como pasivo. Pero esto de ninguna forma debe vivirse como una amenaza hacia los hombres. Debemos desnaturalizar los estereotipos de “lo masculino” y de “lo femenino”, siendo capaces de lograr cierto equilibrio, de poder ofrecer igualdad de oportunidades, librándonos de prejuicios e ideas sexistas sin sentido.

 

 

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Palabras claves:
género, sexo, masculinidad, feminidad



 

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