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 Género y sexo - Género y cultura

 
Género y sexo: Comprendiendo lo masculino y lo femenino

     

Jean Laplanche afirma que género refiere a “las determinaciones físicas, psíquicas, fantasmáticas que conducen a la distinción masculino-femenino”. De esta forma, la noción de sexo se reserva para las mismas determinaciones orientadas por el placer sexual, incluyendo los componentes biológicos, anatómicos y de intercambio sexual en sí mismo.

El sexo del cuerpo es construido en el marco de determinadas relaciones sociales; relaciones económicas, étnicas y, en particular, relaciones de género. La materialidad del cuerpo es interpelada y configurada como diferencia sexual en un conjunto de relaciones simbólicas; relaciones dicotómicas en las que "lo femenino” todavía ocupa un lugar de subordinación, y se asimila a lo pasivo, lo pasional, lo privado... Mientras que "lo masculino" aún aparece como lo activo, lo racional, lo público... Relaciones de género construidas en un contexto dualizador (dos sexos, dos géneros, dos clases, etc.) de diferencias jerárquicas que determinan un polo más valioso y un polo menos valioso (Morgade, 2001).
 

 

Los aspectos de la sexualidad que caen bajo el dominio del género son determinados por la cultura. La madre es el agente cultural privilegiado, luego el padre y la sociedad. Las fuerzas biológicas reforzarán o perturbarán una identidad de género ya estructurada. La identificación es la operación psíquica que lidera este proceso: cada chico construye a su vez un ideal de masculinidad y de feminidad a partir de algunos rasgos de ese padre y esa madre. Esos rasgos se incorporan, se hacen propios en las identificaciones que cada uno hace con el padre del mismo sexo. Todo esto que sucede dentro de una familia y dentro de cada niño o niña lo hace crecer, le da una identidad de persona y una identidad sexual (Weiss y Greco, 1995).

El concepto de género nos habilita no solo para comprender la dimensión simbólica de la feminidad/masculinidad, sino también para entender hasta qué punto la naturalización de las diferencias propició la subestimación de la mujer en relación al hombre, es decir, cómo los sistemas de poder trocaron diferencias en desigualdades.

 




 
 

El movimiento feminista, en su crítica al modelo patriarcal de dominación masculina, ha resaltado la distribución desigualitaria de las expectativas y roles de género. Desde el uso de “el hombre” para referirse al ser humano en general, hasta las prácticas discriminatorias, sociales, científicas, jurídicas, económicas, que transforman a la mitad de la humanidad en “el segundo sexo” (Simone De Beauvoir).

En relación con este modelo patriarcal, J. C. Volnovich expresa: “El rechazo y la denigración que la cultura patriarcal aún mantiene hacia los valores tradicionalmente considerados femeninos promueven en los niños la represión y el desprecio de aquellas cualidades que, en el imaginario social, siguen siendo sostenidas como atributos de mujeres, al estilo de la ternura, la suavidad y la delicadeza. Esto priva a los varones de un amplio espectro de recursos afectivos y simbólicos; talentos que resignan en función de conservar la fidelidad a la identidad masculina tradicional” (Volnovich, 2001: 14).

Con frecuencia, este conjunto de ideas, creencias, valores y expectativas se transforman en estereotipos, es decir, en modelos fijos, estigmatizaciones resistentes al cambio a lo largo del tiempo.

 

 

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Palabras claves:
género, sexo, masculinidad, feminidad



 

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